Lady  Godiva fue una condesa de Chester y Mercia, una región de la vieja Inglaterra,  que vivió  desde el 968 hasta el 1057. Su nombre original es Godgyfu, que en el idioma rúnico significa regalo de los dioses. No es la única alianza entre ella y el antiguo alfabeto de los nórdicos: su único hijo se llamó Aelfgar, que quiere decir en futárkico espada de los elfos. Cuenta la literatura que nuestra heroína tenía un temple de acero y que su marido, Leofric,  famoso por ser el constructor de la abadía de Coventry, cobraba impuestos muy altos a sus súbditos, medida que la condesa no aprobaba en absoluto y le traía conflictos matrimoniales. En pleno Medioevo, tiempo en el que toda desnudez era castigada y en el que el plato principal de las multitudes era  brochet de bruja a las brasas, la chica rúnica aceptó un reto que la transformó en leyenda. Leofric bajaría las tasas impositivas a su pueblo siempre y cuando su esposa se animara a pasear como los dioses la trajeron al mundo  a caballo por las calles de la ciudad. Qué ironía, alguien recordado por despojarse de sus vestimentas termina asociándose, con el  paso del tiempo,  a una marca de lavarropas.

Me too, Ni una menos,  ELA  y todas las agrupaciones de mujeres piadosas le deben algo a  Godgyfu (prefiero llamarla así a transformarla en chocolate premium) por defender una causa justa antes que todas nosotras  y  obrar por el bien común. Pocos saben que el feminismo no se limita a temas de género, es un modo particular de ver la vida, protector y custodio de los valores humanitarios más elevados.

Ante el coraje de su mujer, Leofric prohíbe a los ciudadanos de Coventry  que salgan a las calles, que abran las ventanas , que  espíen por las cerraduras. Sólo Tom, el joven sastre del pueblo, se animó a hacerlo. Fue él quien dijo que su piel era blanca como la luna y que su pelo pelirrojo  cubría las partes que él se jugaba la vida por ver. Que su caballo parecía saber que estaba haciendo Historia y que iba lento como un padre que acompaña la hija al altar y la entrega a otro hombre,  de manera solemne. Fue él quién quedó vivo para contar el cuento e inspiró, siglos más tarde, al pintor John Collier su obra maestra que ilustra esta nota y también a Arthur Lubin la película homónima , protagonizada por Maureen O’Hara y George Nader, Simply Red y su canción Lady Godiva’s room , Sylvia Plath y su poemario Ariel, Ezra Pound y  Nicotine, Charles Bukowski y su No, Lady Godiva. A los amantes de las Runas les reservo Godiva: the viking sagas, de David Rose, publicado en el 2004.

Es sabido que el lenguaje se enriquece con la experiencia humana, crece, cambia, sufre y muere, como todo lo que tiene vida. En ese escenario nació la expresión peeping Tom que designa hasta el día de hoy  a quienes, aún corriendo riesgos, se atreven a correr la cortina y ver la realidad desnuda, de frente. Quizá la  curiosidad de un joven por ver la balleza de su señoría sea la piedra fundamental del periodismo actual.

Runas, mujeres e Historia, combinación ideal para empezar una semana que pinta movidita bajo el cielo argento.