Mi madre quiso que fuera actriz. Para foguearme, participaba de campañas publicitarias en las que viajaba acompañada de mi hermana mayor. La pasábamos muy bien, era una época de presupuestos suntuosos y cachés importantes. En el colegio me distinguían, era una suerte de chica estrella, pero en el fondo me parecía todo superficial y aburrido. No era para mí. Mi madre se decepcionó y con los años pudo entender mi vocación de escritora esotérica. Pudimos sellar nuestro vínculo en su lecho de muerte, perdonándonos mutuamente. Ella me pidió disculpas porque entendió que  quiso una hija distinta a lo que fui y yo lo hice por las mismas razones, pero de la vereda de enfrente. Finalmente, ésta vez literal, nos dimos un abrazo conciliador. Hoy me siento transitando mi propio camino, con lo bueno y lo malo que eso implica. Curvilíneo, accidentado a veces,  pero mío.

      Escucho muchas veces la necesidad de los padres de lograr fotocopias mal habidas de sus experiencias. Con el afán de  allanarle el paso a la nueva generación, ahorrarle dolores, legarle patrimonios que les costó una vida hacer, un nombre, un lugar en la cartelera, olvidan que lo más lindo de la vida es la aventura de la conquista de lo propio. Habrá quienes se adapten, se amolden, acepten con agrado los privilegios de sus mayores. Y no está mal. Pero les aseguro que el mundo nuevo lo forjan los rebeldes  que siguen su corazón, manteniendo encendida su llama sagrada. Tratemos de ser originales, no fotocopias .