Palabra moderna para una práctica antigua. Sinónimo de pareja abierta, tiene tan laxas las reglas del juego que ninguno de los dos en cuestión sabe a qué atenerse. Él visita a otras chicas y ella lo sabe. Ella, que dice ser su amor verdadero, también tiene permiso para mantener relaciones sexuales con otro u otra, siempre y cuando vuelva a Él, que la espera al regreso de sus andanzas. Tienen proyectos, propiedades, fotos de vacaciones juntos en las redes sociales,  a veces, hijos. Muchos amigos en común, algunos ya tuvieron  encontronazos románticos con Él o Ella. O con ambos, eso sí, por supuesto, sin compromiso.

Todos tenemos el derecho de relacionarnos con quienes creamos conveniente. El siglo XXI propone múltiples maneras de construir una pareja, de disfrutar de la sexualidad y sentirse plenos. Ya los hijos no representan la cumbre de la felicidad, los viejos paradigmas del deber ser se desploman ante nuestros ojos y los mandatos familiares son cada vez más cuestionados. No obstante, el riesgo del Poliamor radica en dar la ilusión que una pareja satisfecha en lo aparente, sea sexual, económica o socialmente, se verá fortalecida en su eje central, volviéndose imbatible. Sobrevivir a las crisis fortalece a los amantes, pero no conozco a quienes hayan sobrevivido a los relámpagos sin portar secuelas. Cuando el Todo Vale se confunde con el Nada Vale, surge el desamor. La clave secreta, el punto de confluencia que mantiene unidas a dos personas es el compromiso. Si bien cada uno sabe dónde le aprieta el zapato, no hay verdadera historia de amor que se sostenga sin que las partes se importen mutuamente.