Cuando Gustavo Cerati afirmó en la canción  Ella usó mi cabeza como un revólver que llegaba siempre tarde a todo, sin pretender ser un filósofo contemporáneo y con mucha poesía (como era su estilo) nos planteó a quiénes escuchamos y no sólo tarareamos sus letras el tema de la relatividad del tiempo. No es cierto, como rezan algunos manuales, que el tiempo no existe. En un plano cuántico no importará, pero sí en el día a día de un animal que tiene vida útil de cien años como el Homo sapiens . Cronos marca sus reglas. Sin denostar a quienes empiezan tarde una carrera, a los que siguen ampliando sus horizontes incursionando en el arte o en una nueva profesión, a los que empiezan a tener hijos después de los cuarenta y tomando en cuenta que para cada persona la vida es distinta, creo que hay que evitar la simplificación new age y hablar las cosas desde una óptica menos edulcorada. Una carrera, sea cuál fuere, exige esfuerzos para que podamos adquirir plenos conocimientos.Formarse no es la última etapa, sino la primera. La vitalidad y capacidad de adaptarse es mayor cuando somos jóvenes. Las frustraciones se enfrentan de otra manera.  Por cierto la madurez suma puntos en lo que respecta a un mayor conocimiento de sí mismo y , en el caso de que nos haya ido bien en el pasado, la seguridad económica adquirida pisa fuerte. Algo parecido sucede con los padres grandes y el sueño del hijo. Se gana en experiencia, a un costo enorme de la vitalidad. No es lo mismo tener a un adolescente en casa a los cuarenta, que a los cincuenta y cinco. El sueño de la convivencia es otro tema que se presta a la idealización. Empezar la vida juntos tiene un sabor, encontrarse en la mitad o al final del tramo, otro. Ni mejor, ni peor : distinto. Lejos de querer intimidarlos, lectores, quisiera que en éste comienzo de la semana desempolven sus sueños, no los dejen dormitar por tanto tiempo y los hagan factibles. Eso sí, no se engañen a sí mismos, el mandamiento oculto que nos toca revelar a solas. Buena seman